A veces, cuando se asoma la madrugada, se enmudece el tiempo y desconecta a todos los presentes en la existencia, para permitirse ser particular y truncado. Se recorta a sí mismo, experimentando con placeres fugaces solo conocidos en su templo. Se deja tocar tan solo por sus videntes y al rato vuelve a fluir gritando que no hay forma de volver a tenerlo. Esas veces, cuando estoy despierto, renace en mi alma aquel pequeño momento en el cual los dos sonreímos lento, sin ganas de descubrir, decididos a ser eternos. Esas veces, cuando algún vaso medio lleno mendiga protagonismo, se me vienen a los ojos formas de ancianos besos, se me posan en los hombros algunos efímeros cuentos y me dejo llevar hacia aquellos vivos recuerdos. Esas veces, cuando no me miento, grito tan alto que los gigantes confunden mi voz con la de sus muertos, escribo sin red sobre los márgenes que nadie lee, y prendo fuego a los bosques que me inventé para esconderme. Todo esto sucede solo cuando se enmudece el tiempo, antes y después, no soy más que una caricia esperando el penúltimo reencuentro.
Cuando se enmudece el tiempo
por Lucio Durán
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