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Guijarro

por Lucio Durán

La frustración muerde el cuello siempre después de dar un beso, su marca sobrevive a todo, es temporalmente imborrable, es químicamente permanente. Formar un lazo patológico de retroalimentación con la compañera de toda excursión al intento, resulta en un sistema de recompensas reforzado por el odio a uno mismo que indefectiblemente encoge bajo las sombras al obsoleto puber que debería alentarnos incondicionalmente. Cada paso hacia el futuro se siente tan pesado como cargar con la más anciana de las culpas, avanzar, conscientes de engaño, brutaliza al pensamiento, hasta un parpadeo es un ejercicio de voluntad primigenia, hasta la respiración se arrepiente de servir al cuerpo, la vida pierde empatía cuando descubre que este turno será nuevamente una pérdida de fuerza. Solo en el silencio introspectivo provocado por la solitaria mentira de planear el reintento, se puede atisbar en el horizonte visible un libre guijarro que se desplaza velozmente con dirección al cristal que separa a la realidad del éxito, aunque después del ruido, todo se transforma nuevamente en noche y descansa en la eternidad de la incómoda complacencia. No se debe luchar contra el futuro si el pasado ganó la batalla, no hay atajos hacia la tiranía del dolor que despierta el latente desprecio. La frustración, siempre mira a los ojos antes de dar un beso.

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